Febrero. El mes más corto del año. Tiempo de fiesta, de
romances y de exámenes. Mitad de camino en las pasantías de verano. Y, como no
podía ser de otra forma, los chicos de Campana comenzaron a prepararse.
Los viajantes optaron por festejar
en destinos como Rosario de Santa Fe o Mar del Plata. Incluso aprovecharon el
fin de semana largo para volver a sus hogares
y renovar energías.
Los románticos, arreglaron todo para
el reencuentro con sus parejas. Seguramente regalos, bombones y cenas derivaron en un espectacular 14 de febrero.
Y
responsablemente, muchos chicos, iniciaron el ritual de estudiar o
cumplir con sus objetivos de pasantía en las “salas del mal”. Bueno, no son del
mal (quería agregar algo de tensión).
Sólo son salitas de estudio en las cuales el ambiente de trabajo es
ideal.
Ellos estudian y trabajan.
Yo colaboro con la logística del mate amargo.
Además de estar equipadas con
herramientas de aprendizaje y pantallas LED, las salitas generan un espacio de
compañerismo y compromiso donde:
- Se crea un lazo entre las personas, con o sin objetivos en común, respecto la integración y el intercambio de ideas.
- Se brinda confianza y motivación. El esfuerzo se aliviana y muchos de los resultados se logran con mayor rapidez.
- Se comparten conocimientos y se construyen otros nuevos. Ayudar y dejarse ayudar, mejora notablemente el desarrollo de cualquier trabajo.
Pero
mantener el ambiente ideal también requiere de otros elementos:
- Estar predispuestos a colaborar, entender y conocer al compañero. Manifestar los pensamientos con asertividad.
- Encontrar en él valores personales y profesionales. Lo cual evita cometer errores de interpretación, y fortalece la confianza.
- Aprender a tener en cuenta más voces y puntos de vista. Evitar los prejuicios. Incluso organizar una salida, un día de cine, un asado, lo que ayude a mejorar la relación con otra persona.

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